Tras sentar las bases de su universo en las tiras de 1950 y 1951, Peanuts afrontó 1952 como una serie cada vez más popular. Este segundo volumen de la colección Todo Snoopy de Salvat vuelve a acompañar las historietas con abundante material contextual que ayuda a entender mejor el momento que vivía la creación de Charles M. Schulz.
Además de repasar algunos acontecimientos destacados del año, el volumen nos recuerda un hecho importante para la historia de la serie: en 1952, Peanuts dio el salto más allá de las tiras de prensa y comenzó a publicarse también en formato comic-book dentro de United Comics. Puede parecer algo habitual hoy en día, pero en aquella época suponía un paso importante para unos personajes que ofrecían una alternativa muy distinta a las tendencias dominantes del mercado.
Mientras los kioscos estaban llenos de historias de guerra, terror y crimen, Schulz apostaba por algo mucho más sencillo y cercano: un grupo de niños enfrentándose a los pequeños dramas de la vida cotidiana. Visto con perspectiva, Peanuts era casi un oasis de tranquilidad en medio de un panorama repleto de monstruos, detectives y conflictos bélicos.
Como ya es habitual en esta colección, el tomo también dedica espacio a profundizar en algunos personajes. En esta ocasión destaca la atención prestada a Shermy, uno de los primeros integrantes de la pandilla y una figura que tuvo bastante más protagonismo en estos años iniciales de lo que muchos lectores podrían recordar.

En cuanto a las tiras, el estilo gráfico continúa muy cerca del visto en el volumen anterior. Los personajes mantienen esas proporciones más infantiles y cabezonas características de los primeros años, mientras que Snoopy sigue estando más cerca de un perro normal que del soñador incorregible que acabaría conquistando la serie.
Una de las novedades más agradables de este tomo es la presencia de páginas dominicales a color que sirven como separación entre bloques de historias. Más allá de su valor histórico, aportan variedad visual a la lectura y permiten apreciar mejor la evolución artística de Schulz en estos primeros compases de la serie.
Quizá estas tiras todavía no muestran a los personajes en su versión más reconocible, pero precisamente ahí reside parte de su encanto. Leerlas es asistir al crecimiento de una obra que aún está descubriendo qué quiere ser, mientras conserva intacta la capacidad de encontrar humor y ternura en las situaciones más cotidianas. Y sí, por supuesto, Charlie Brown sigue acumulando desgracias a un ritmo admirable. Algunas tradiciones nunca pasan de moda.

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